Una aldea entera para uno solo, en Tarn-et-Garonne: dos edificios de piedra, nueve dormitorios y veintisiete plazas. Veinte hectáreas cercadas de prados y bosques, los primeros vecinos a kilómetros. Bajo la antigua armadura de madera, la larga mesa espera a las grandes reuniones, la velada se prolonga junto a la estufa de leña, y la piscina o la pista de petanca llaman cuando el día se alarga. Piedra vista, baldosas de barro y una biblioteca bien surtida marcan el tono. El valle del Aveyron despliega sus senderos, sus paredes de escalada y sus aguas propicias al piragüismo.